Seguimos fieles a la tradición de los martes a pesar de que nuestro sitio favorito está cerrado. De todas formas el cambio no ha resultado nada malo, también muy chic y muy ambientado...y las tapas deliciosas!!
Y como manda esa ley no escrita de los acuerdos tácitos, después era inevitable el cóctel. Esta vez en terraza...muy coqueta y relajada. Para variar un Sex on the beach...hay que superar el mojito...
Después de este breve relato de lo acontecido en la noche de los cócteles, de lo que realmente me apetece hablar, es de lo mal que está la gente. Ernest dice que mucha gente debería salir con dos copas de más a la calle, y no le falta razón, aunque yo añadiría que deberían salir además con terapeuta. La amiga de mi amigo (no digo nombres) es de esos casos, carne de cañón de psicólogo. Aunque creo que le volvería loco. A esta chica le hace falta escuchar más, no sabe lo que aprendería, lo terapéutico que resulta escuchar a la gente a veces...que tener el protagonismo de forma continua no es la mejor forma de estar en el mundo, pero ¿quién yo soy para dar consejos a nadie?. Quizá yo también debería salir con profesionales, y no me refiero a nada sexual, sino a esos que velan por tu salud mental. En Sex and the city quedaba muy cool, incluso daba la impresión de que tener loquero es una forma de supervivencia en la ciudad. ¿Quién sabe?
Y ahora os dejo con unas líneas de El Lamento de Portnoy, de un autor maravilloso del que todavía no he colgado nada. Y para los que piensan que el humor y los traumas judíos son inherentes a Woody Allen se equivocan. Como dice Ernest, Philip Roth es antes que Woody Allen, vamos, que este señor recoge antes y mejor el imaginario judío.
Doctor Spielvogel, ésta es mi vida, mi única vida, ¡Y la estoy viviendo en medio de este chiste judío! Yo soy el hijo del chiste judío....¡ solo que no soy ningún chiste!Por favor, ¿quién nos ha lisiado de esta manera?¿Quién nos hizo tan morbosos, e histéricos, y débiles?(...)¡No! Existe algo más que simple resentimiento de adolescente y furor de Edipo...está mi integridad.
(...)
Hasta en el restaurante chino, donde el Señor ha levantado la prohibición que pesa sobre los platos de cerdo para los obedientes hijos de Israel, el comer langosta cantonesa está considerado por Dios (cuyo portavoz sobre la Tierra en materias relativas a la alimentación es mi madre) como algo totalemente descartado. (...) De pronto, el cerdo ya no constituye ninguna amenaza...., aunque llega a nosotros tan desmenuzado y sobernada en nuestros en platos en semejantes oecanos de salsa china, que no conserva el menor parecido con una chuleta de cerdo. Pero ¿por qué no podemos comer también langosta, disfrazada con alguna otra cosa? Dejémosle a mi madre dar una explicación de lógica. El silogismo, doctor, tal como es utilizado por Sophie Portnoy. ¿Dispuesto? Por qué no podemos comer langosta.
(El lamento de Portnoy, Philip Roth)