
Mientras yo, igualmente embebido, pero por mirarla, sentía mi yo diluirse en ese bruma mágica que se intensificaba a causa de su presencia. En ese instante sentí que la amaba, que sus ojos perfumados de renuncia eran una necesidad, que mi vida era otra, y en mi silencio, entre las risas, rezaba para que no se marchase todavía. Nunca creí que me dirigiría la palabra, pero ese día, al marcharse, me hizo una inquietante afirmación.
-Narciso come cuchillas de afeitar- lo he visto.
No supe que responder. Salió del café mirando al suelo, como si el suelo formase parte de esa sentencia, de su pensamientos. Quizá Narciso, al igual que yo, vió su miedo reflejado en la fina lámina plateada. Pero no pude decir nada.
(by Miette)
Inquietante y misterioso, miette. Te superas.
ResponderEliminarMe ha recordado un café y un recuerdo de Dora Maar pasando un cuchillo entre sus dedos. La mujer de tu relato tiene sin duda algo de Dora.
Vaya, no lo habia pensado Ernest, mi mente debe trabajar a nivel incosnciente. A pesar de la casi intertextualidad, me alegra que te haya gustado.
ResponderEliminarGracias por leerme.
Creo que esto que escribes , además de bonito, es Miette en estado puro ! ;)
ResponderEliminarGracias chicos!! Y sí, creo que es muy mi estilo..
ResponderEliminarbesos mil niños
Las dos entradas navegan en mi corazón...
ResponderEliminarBesos
¿Cuánto pesa la vida?
ResponderEliminarUna vez que he detenido con alevosía los relojes vuelvo de puntillas a buscarte, la levedad de tus palabras sostiene elástico el presente.
Qué facil es ser pluma fugaz a tu lado.
Besos
Jota, qué bien, vuelves a estar aquí...Te he echado de menos...no te ausentes demasiado!! Déjame siempre tu poesía, los días son mejores con la presencia de tus palabras.
ResponderEliminarbesos apalabrados.