Se sentó en la mesa del rincón, justo la más escondida. Tenía un aire reflexivo, casi profundo, diría yo. Llevaba una bolsa del salón gourmet de unos grandes almaneces que agarraba con fuerza, quién sabe, quizá para no olvidarla, quizá por costumbre. La atmósfera del café combinaba extrañamente bien con su actitud. Una atmósfera brumosa con perfume de cigarrettte configuraba un atrezzo de poema francés. Ni siquiera el alboroto y las risas llamaban su atención. Concentrada en su bebida que aún humeaba, miraba el contenido de la taza como si mirase una bola de cristal, con la misma atención, como si pudiese ver más allá de la realidad. Mientras yo, igualmente embebido, pero por mirarla, sentía mi yo diluirse en ese bruma mágica que se intensificaba a causa de su presencia. En ese instante sentí que la amaba, que sus ojos perfumados de renuncia eran una necesidad, que mi vida era otra, y en mi silencio, entre las risas, rezaba para que no se marchase todavía. Nunca creí que me dirigiría la palabra, pero ese día, al marcharse, me hizo una inquietante afirmación.
-Narciso come cuchillas de afeitar- lo he visto.
No supe que responder. Salió del café mirando al suelo, como si el suelo formase parte de esa sentencia, de su pensamientos. Quizá Narciso, al igual que yo, vió su miedo reflejado en la fina lámina plateada. Pero no pude decir nada.
(by Miette)