El amor descrito por Proust resulta siempre tan dulce y delicado como una de las pequeñas madeleines de Commercy:
"Es ella", como si, de repente, alguien nos mostrara exteriorizada ante nosotros una de nuestras enfermedades y viéramos que no tiene ningún parecido con nuestro sufrimiento. "Ella" e intentaba preguntarse qué era eso de ella, pues el amor y la muerte tienen como punto común, más que esos puntos tan vagos de los que se suele hablar siempre, el de inducirnos a indagar más profundamente en el misterio de la personalidad, ante el temor de que su realidad se nos escape. Y aquella enfermedad que era el amor de Swann se había multiplicado tanto, estaba tan íntimamente enlazada a todas las costumbres de Swann, a todos sus actos, a su salud, a su sueño, a su vida, incluso a lo que deseaba para después de su muerte, que había acabado por formar un todo con él, hasta el punto que no era posible arrancársela sin destruirlo casi por completo: como se dice en cirugía, su amor ya no era operable.
(Un amor de Swann, Proust)

