El se sentó a mi lado y mi corazón se puso a latir en mi pecho fuerte y hondamente, porqué él, al moverse, me había rozado la espalda con una mano. En la última semana, mi aprendizaje naval nos había precipitado díez veces debajo del agua, uno en brazos del otro, sin que yo hubiese tenido la menor turbación. Pero hoy, bastaba el calor, el sopor del sueño, la torpeza de su gesto, para que algo se desgarrara dulcemente en mí. Volví la cabeza hacia él. Me estaba mirando.
(Bonjour Tristesse, Françoise Sagan)


