Estas delicias gastronómicas me hacen pensar en la literatura de Proust, no puedo evitarlo. En el placer, en la vida y en el amor, y en todas las sensaciones que evoca de forma magistral:
Entonces me acordé: todos los días, cuando estaba vestido, bajaba a la habitación del abuelo que acaba de despertarse y tomaba su té. Mojaba un bizcocho y me lo daba a comer. Y cuando hubieron pasado aquellos veranos, la sensación del bizcocho reblandecido en el té fue uno de los refugios en donde habían ido acurrucarse las horas muertas.

