Amabamos los sitios que frecuentamos, los excesos, las caras de varilla de los parroquianos que como nosotros se quedaban durante horas bebiendo. Luego salía el sol, y relucían nuestros rostros de calavera. Recuerdo las escaleras del Central, cada hora más empinadas, cada cerveza más peligrosas. Y las charlas eternas, y los temas que cantabamos durante toda la noche. Ya no existe. Todo se quedó tan lejos, y sin embargo, tan cerca...
El ahora nos abraza con su memoria, con su amor a la vida, y nuestra debilidad por los bares con escalinatas. Todo sigue ahí, solo cambian los volúmenes, los estampados de las camisas, los nombres de los bares...

