La lengua era como una gran demente sedienta de sueños. Rodeada de personajes, tragaba deprisa, con gula. Lo bebía todo, historias grandes y pequeñas. Insaciable, levantaba la fina capa de soledad que protege del prójimo, trasegando todo lo que no se escribe ni se comparte. Había que aprender a manipular su lado abstracto e inquieto para que la realidad enhebrara su aguja del tiempo, para que las frases huidizas y las palabras convenidas se transformaran en corrientes de pensamiento. La lengua remolineaba como un huracán loco, como una tromba de agua. La lengua tragaba su propio diluvio. Hacía falta mucho amor para que la lengua nos embriagara sin sumirnos en el caos delirante del que el cuerpo pretende no saciarse nunca. Hacía falta solicitarla asiduamente para que nos orientase hacia el futuro, abriendo sus brazos en forma de gran avenida bordeada de pinos azules, perfumados por la tierra en su madurez.
(Barroco al alba, Nicole Brossard)
