Los viajes nunca lograron transportarle. Los automóviles le dejaban siempre en la puerta de casa; todos los trenes, sin excepción, se detenían una estación antes de lo desconocido. Tras cada despegue imaginaba, inmediatamente, una patrulla adherida a la ventanilla del avión con un programa continuo de nubes y paisajes diminutos.
(Es el verbo tan frágil, Sandra Santana.)

