Paisaje casi galáctico en el quartier européen de Luxembourg. La nieve y la ausencia de gente de la dan un aspecto fantasmal y extraño.Nadie sabía de dónde le venía esa costumbre tan rara. Desde hacía ya un tiempo se lanzaba sobre las narices ajenas como si le fuese la vida en ello. Cuando las veía, allí, reposadas, desprevenidas, pegadas al rostro, sentía un irrefrenable impulso de saltar hacia ellas y besarlas. No importaba dónde estuviese. Nariz que veía, nariz que besaba. Depositaba un suave beso en la punta, cariñoso y dulce...y casi siempre mal recibido. No tenía preferencia, actuaba de forma arbitraria. Una vez me contó que el único criterio que empleaba era la mirada del dueño. En un semáforo, en una parada de autobús, en el palco de la ópera... No sé, nunca supe qué pensar. Alguien insinuó una vez que se trataba de algo freudiano. ¿Cómo lo llamaban? ah sí! envidia de pene. Con mis mejores intenciones le regalé el libro de Gogol. Pensé que el cuento de La nariz podría ayudarla.
Desde entonces no la he visto. Hace mucho que no tengo noticias de ella. No sé si seguirá con esa costumbre. A mí nunca me dió ningún beso, aunque creo que mi nariz se sintió observada en alguna ocasión.
