Las tardes calurosas y secas, andaba sin descanso, buscando, husmeando. El París triste del verano se convertía para Pepe en un infierno voluptuoso, casi tropical. Me describía calles pobres que yo no conocía, pues bajo la bóveda del crepúsculo plantaba en ellas, pilar de plata y oro, azul generador de luz, algún aprendiz de fontanero de cabello veneciano, algún tornero metalúrgico espolvoreado con lentejuelas de cobre. Durante mucho tiempo, amó a los muchachos rubios y cerúleos como se ama el mar innombrable y cada ola de la marejada. Pero un día, la marea de las seis, que vaciando los talleres de metalurgia y de electricidad, desparrama sobre París el miosotis con el azulejo, el acónito, la genciana y la escila, puso a Pepe frente a un mono de un azul que no tenía nombre y a un bigote de oro cegador que cual gallardete atravesaba un rostro.
(Lo puro y lo impuro, Colette)

