¡Mi querida Lady Turton, me alegro de que haya venido!Creo entonces fue cuando dejamos de hablar. Nos volvimos para mirarla, esperando pacientemente ser presentados, como si fuera una reina o una famosa estrella de cine. Sólo que esta vez era más guapa que cualquiera de ellas. Su pelo era negro y, en contraste, tenía uno de esos rostros pálidos, ovalados e inocentes de las flamencas del siglo XV, casi como una Madonna de Memling o Van Eyck; por lo menos ésta fue mi primera impresión. Más tarde cuando llegó el momento de estrecharnos las manos, me di cuenta de que, excepto de perfil y el color, estaba muy lejos de parecerse a una madonna, muy lejos de eso.(Relatos de lo inesperado, Roald Dahl)
